
Amanda&Eri
Dos autoras a cuatro manos
Dos autoras noveles escribiendo juntas desde la pandemia, pero cada una desde su adolescencia. ¿Qué podíamos hacer si el mundo no quiso unirnos hasta entonces?
Estamos en proceso de publicar o autopublicar nuestra primera novela mientras escribimos la segunda. Si quieres conocernos, aquí puedes explorar nuestros proyectos y nuestras redes sociales.
Te damos la bienvenida 💗💚
Llamas de Ember
Ganador del 2º concurso navideño de Key_03 en 2022
Chas.
La piedra gira, el gas escupe, y la llama nace.
Lenguas naranjas se alzan con intención de tocar el cielo, quemarlo, verlo arder. Pero las llamas son pequeñas en la boca de un mechero negro mate, cuyo gas nunca se sabe cuándo acabará.
—¿Es una amenaza?
Las llamas chocan contra el papel, que cruje retrayéndose hasta que los filamentos del tabaco se encienden.
Con pesar, el dedo suelta el botón, y la llama muere, tal como había nacido.
Sus labios exhalan una nube gris que rodea su rostro y quema sus ojos negros. Esos orbes oscuros, dueños de la propia noche y las pesadillas de los niños, se clavan en el objetivo de sus intenciones.
—Claro que no es una amenaza.
Es una amenaza, de hecho.
Pero no tiene por qué creerlo. No es necesario hacerle sentir acorralado, intimidado, sin salida ante las inexorables llamas del mechero negro mate. Solo hace falta que hable.
—¿Dónde está?
—Es la tercera vez que preguntas eso.
Maldito iluso, si respondiera, no tendría que seguir preguntando. Algunos no saben encontrar las respuestas más simples a sus problemas más pequeños.
—No sé a dónde ha ido. Pero si se ha ido, no quiere que la sigas.
No es mal plan pretender no saber. Después de todo, una mentira a medias siempre es más fácil de pillar que una verdad a medias. “No lo sé”, “no lo recuerdo”, “no me consta”. Respuestas de cobarde a cuestiones peligrosas. Es muy sencillo.
—¿Dónde está?
Y ya van cuatro.
—Mira, no sé qué pretendes, pero nadie va a decirte a dónde ha ido.
—¿Sabes a dónde ha ido, entonces?
—No lo sé. Y si lo supiera, no te lo diría, porque ella merece algo mejor que tú. Así que, lárgate.
El chocar de la goma de las suelas con el hormigón del suelo, cuya mancha de aceite esquivan por poco, no suena tan intimidante como pensaba, pero es suficiente para hacerlo retroceder. No necesita volver a encender el mechero, su sola presencia emite suficientes llamas.
—La encontraré.
Sentencia, y la punta del cigarro cierra su promesa contra la piel de la cara de su adversario.
La grasa de la mejilla absorbe el calor, y sus labios emiten el grito más hermoso que ha oído en años. Dolor, una quemazón y un recuerdo de su paso por allí.
Los pasos le llevan fuera, y no necesita girarse para saber que el hombrecillo temeroso recorre el garaje de lado a lado para llamar por teléfono. Va a avisarles. Va a advertirles de su llegada. Pero eso no será suficiente para pararle.Chas.
La piedra choca, la llama se manifiesta, y el papel se encoge ante el contacto del calor como una langosta huyendo del agua hirviendo.
—¿Es una amenaza?
De nuevo, la misma pregunta.
—Parece que todos os habéis puesto de acuerdo para hacerme las mismas preguntas estúpidas.
—Pues parece que tú tienes las tuyas propias. No vamos a decirte dónde se ha ido.
Es como si se hubieran reunido entre todos para establecer las palabras que usarían, las caras de imbéciles que pondrían y, sobretodo, qué marca de pañales es la mejor para adultos.
—Ella espera que la busque —confirma él, con el humo saliendo de sus labios como la brisa helada en la montaña.
—No la mereces.
—Eso no es lo que ella piensa.
Pasea, esta vez por la madera que cruje bajo los pies, que se dirigen a un lugar muy concreto, calculado y estudiado. En esa mesa descansa lo que su opuesto más desea conservar, y él lo sabe, y él tiene un mechero negro mate.
—¿Qué haces?
Como si no fuera evidente.
La llama, que sigue bailando alegre y ansiosa, ilumina el primero de varios recortes de papel gris, fino papel de periódico, pegados a la pared. Decenas de fotos con rostros infantiles se extienden en texturas monocromáticas. Siempre pensó que era una estampa inquietante, una idea macabra.
—Eso sí es una amenaza.
La llama ilumina uno de esos rostros, como si quisiera guiarlo en la noche.
—Para, ni se te ocurra.
Y aunque suena a amenaza, sabe que es un ruego.
—¿Dónde está?
Uno se cansa de las mismas preguntas una y otra vez.
—Aparta eso, ella no quiere nada que ver contigo. Nosotros no tenemos la culpa de que se haya ido.
—No estaría yo tan seguro.
—Vale… Le dijimos que se alejara de ti. Pero esto no tiene que ver con su decisión. Además, no sé a dónde ha ido, no sé dónde está.
La llama danza demasiado cerca del semblante infantil, sonriente y apagado desde hace años.
—Una última oportunidad. ¿Dónde está Ember?
Oh, su nombre de nuevo, sonando en sus labios. El sonido de las brasas ardientes, el fuego que todo lo quema, las llamas de la pasión que crece en el estómago y explota en el pecho.
—Déjala en paz, ¡déjanos en paz!
—Respuesta incorrecta.
Y el rostro de papel arde con avidez.
No fue ni una ni dos veces las que oyó que no fumara delante del panel. El papel de periódico arde muy bien, y las llamas se extienden rápidamente por las letras de tinta.
—¡No!
Su berrido parece acortar la distancia entre su sitio y el de su obra. Años reuniendo recortes, que se perdían en las llamas lentamente. Qué pena no tener nada para apagarlas. Al menos, nada más eficiente que las lágrimas.
Una vez más, abandona la casa familiar, dejando que la destrucción del fuego se coma los deseos de otros, ya que nadie quiere cumplir los suyos.
Oh, Ember, si supiera lo que estaba haciendo por ella.Chas.
—No enciendas esa cosa aquí.
La bravuconería parece ser cosa de los varones de la familia. Una sugerencia, un ruego. La voz más dulce, más suave, más penitente. Le ha faltado el “por favor”.
—Ya sabes qué busco. Dámelo, y todo será más fácil.
—Ya sé que piensas que sabemos dónde ha ido, pero no se lo ha dicho a nadie. Ember ha cambiado mucho desde que te conoce.
Así es. Antes era una débil luz rodeada de ceniza. Un fino hilo de lumbre sofocado por el vaso de cristal de una serie de manos de niños crueles.
Él había avivado ese fuego. Había hecho florecer sus pétalos ardientes, la había convertido en el incendio más hermoso y purificador que sus ojos brunos hubieran podido contemplar.
Y esa panda de niños crueles querían volver a sofocarlo bajo el cristal de ese vaso asfixiante.
—¿Por qué os cuesta tanto responder a mis preguntas?
—Te digo de verdad que no sé a dónde ha ido.
—Así que ni tú, ni tu padre, ni tu hermano, tenéis idea de dónde se ha ido Ember en mitad de la noche, dejando su regalo de cumpleaños y sus cosas atrás.
—Creo que es el momento de que la olvides.
Ella no sabe, no tiene idea, de la soberana burrada que acaba de soltar. Si eso fuera posible, no tendría que mantener la llama eterna de su mechero negro mate en alto, rodeada de tanto que perder. Ella es consciente, porque no deja de mirarla.
—Haz el favor de apagar eso. Podemos hablar, sé que eres una persona razonable.
Quizás en un pasado hubiera mostrado esa cara, puede que incluso fuera cierto. Pero quieren robarle lo que es suyo, y eso es un error.
—Dime dónde está Ember, y no quemaré esto.
—¡No! Por dios, estamos rodeados de líquidos inflamables, todo aquí ardería en cuestión de segundos.
Suena como un cachorro lamentando, le falta bajar las orejas, y la llama exige crecer contra los dedos, sujeta aún al mechero.
—¿Entonces vas a decirme dónde está?
Sus ojillos de pulga parecen sufrir de verdad, viendo la pequeña llama clamando su recompensa. Hay tanto que comer alrededor. Tantas cosas que la harían crecer.
La mano con la llama hambrienta se acerca hacia la mesa donde reposan varias bandejas con líquido.
—¡Se la llevó ella!
Al fin una respuesta.
—Lo sabía —murmura, con su voz gutural más negra y podrida—. Ember no se fue.
—Pero no debes ir a buscarla. No le haces bien. Si de verdad la quieres, déjala ir.
—¿Eres una puta canción pop?
Una sonrisa ladina, el calor crepitante en los dedos que sujetan el mechero negro mate. ¿Cuánto gas le queda? Suficiente para verlo todo arder.
—Por favor, vete. Si ella quiere saber de ti, te buscará.
—Sabias palabras. Siempre fuiste la lista de la familia.
Ella relaja los hombros.
—Pero hay algo que no sabes sobre el fuego. El hombre creó al fuego. Y el fuego, destruye por él.
La lengua de fuego gira en el aire sin apagarse, porque está deseosa de propagarse, convertirse en la pira más brillante en el cielo. Y cuando el mechero cae en una de las bandejas, el fuego crece hacia el universo.
Ni los pitidos de las sirenas, ni los agudos chillidos, nada puede sofocar el canto del infierno desatado.
No pasa demasiado tiempo, hasta que un candente edificio refleja su brillo ígneo en esos pozos de negrura que tiene por ojos.
Ellos se lo han buscado. Ellos han elegido ese final. No pueden evitar que se encuentre con su flamígera dama.
—¡Estás loco!
Grita su amiga, quizá, la única que le ha dado lo que quiere. Y aún así, ve sus sueños preciados en un halo de destrucción rojiza.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunta—. Te he dicho lo que querías saber.
Él suspira. Nadie lo entiende.
—Me lo has dicho, pero la has alejado de mí. Todos habéis participado. No podéis quitarle su fuego a un pirómano. Yo la dejaría ir, de verdad. Pero Ember me llama, y yo adoro el fuego.
Ahora que sabe dónde está, y dejando la pasión comerse todo un edificio a sus espaldas, iluminando su figura partir al lugar donde su amor le espera, prepara el plan perfecto para ver arder toda la ciudad, con tal de hacer salir a la secuestradora. Con tal de ver el vestido favorito de Ember fundirse con las llamas y convertirla en una con su fuego.
Odiándonos por la eternidad
Participante en el concurso Aullidos de Plata de CarolaMiaEdiciones en 2025
Era tarde en la noche, pero yo seguía despierta.
La luz era plata líquida entrando a través de mi ventana. Se vertía sobre la madera de castaño de la mesa, así como en los pocos elementos que, si bien eran de mi propiedad, nunca consideré reclamar. Las ramitas de romero y ruda, el ramo de amapolas o las semillas de anís eran mías, pero siempre para otras personas.
Nunca poseí nada más que la casita de mis padres en las inmediaciones de un pueblo cuyo nombre nadie recuerda hoy. Cándida del Encinar me llamaban. Al menos, aquellos que no me nombraban La Santa, o La Ruda.
Sí, no era difícil en 1663 que una mujer sin casar, por muy pocos diecisiete años que tuviese, viviendo sola en su casita, con estupendas habilidades para la sanación, una mente privilegiada para la herbología y habiendo sido partera de todos los niños nacidos del pueblo tras pasar su primera menstruación, fuera señalada como bruja.
Temer a lo desconocido siempre fue una afición adquirida para los hombres. Así como la oscuridad los asustaba, una mujer que no los necesitara, también. De ahí que no durmiera aquella noche. Pues si bien los hombres me temían por lo que ellos imaginaban que podía hacerles, yo les temía a ellos por lo que sabía que podían hacerme a mí.
Era luna llena y fuera se veía con claridad. Una noche perfecta para enfrentarse a las brujas. Eso es lo que debió de pensar el Padre Julián cuando se adentró en el caminito hacia el encinar con la luz de su candil como guía.En muchas otras ocasiones debí atender al párroco en las puertas de mi casa, siempre acudiendo con la intención de señalar mis pecados y mi poca virtud. Los rumores sobre mis habilidades mágicas y paganas llevaban muchos años ahí, incluso antes de que él llegara al pueblo. Sin embargo, aunque muchos me llamaran La Ruda, los que me llamaban La Santa siempre ocultaron esa naturaleza impuesta a la Iglesia, pues no querían perder a la mujer que más los cuidaba. Esa noche tenía claro que el miedo había vencido y alguien me había señalado. Si no, ¿por qué iba el Padre Julián a acudir en la temerosa negrura con su joven acólito?
Me separé de la ventana, cerrando mi capa de lana negra sobre el pecho. Un regalo espléndido, sin duda, que además acrecentaba las habladurías.
Decidí abrir antes de que llamara, algo que, sin duda, lo sorprendió. La luz del fuego me devolvió su mirada azul, llena de un temor a Dios que le exudaba por todo el cuerpo. Sin embargo, fue el muchacho el que dio un salto al verme. No esperaban que abriera por voluntad propia, claro, pero era mejor sorprenderles a ellos que ellos a mí.
—Buenas noches, vuesa reverencia —saludé, ante todo con respeto—. Creo que es muy tarde para que un hombre de Dios acuda a la casa de La Ruda.
Pronto la sorpresa abandonó su rostro para llenarlo de una ira ígnea, de una sabiduría que él sabía no podía dejar de imponer.
—He venido a pararos los pies, hija de Satán.
Su voz siempre me pareció una delicia amielada, pero he de reconocer que oírle decir eso me provocó un escalofrío no muy agradable. Aún con todo, no lo demostré con mi cuerpo.
—¿Puedo saber qué planes son esos que debéis parar?
—No os hagáis la inocente —casi escupió. Muy desagradable, a mi parecer—. Al parecer, soy el último en el pueblo en conocer vuestro secretito. Pero heme aquí, para ponerle remedio.
No supe cómo pensaba él poner remedio a mi «secretito», pero me hacía una idea de lo que pensaba hacerme para arreglar su problema conmigo. He de confesar que el miedo empezaba a tirar por tierra mi máscara de valentía.
—¿De qué se me acusa? —insistí, queriendo ganar tiempo.
—De brujería, pagana impía.
Evidentemente.
Hasta a aquel pueblo perdido en los campos de Castilla habían llegado los relatos de la caza de brujas. La mayoría parecían ubicarse en las Vascongadas, pero los aquelarres se habían hecho tan populares que los buscaban ya en cualquier lugar donde una mujer viviera libre. Mi padre, en paz descanse, siempre me dijo que debía casarme con un buen hombre. No importaba si era pobre, mientras me tratara bien. Mi madre fue feliz porque así lo hizo. Y ay, en qué momento mis padres fueron tal ejemplo para mí que, tras faltarme, nunca elegí a un hombre por no recordarme a ellos. No me habría encontrado en esa situación de haberme desposado con Juan del Monte, el borracho. Pero ahí estaba yo, frente a un hombre de fe y su joven aprendiz, defendiendo yo solita mi virtud.
Me hizo gracia pensar en que era el ambiente adecuado para ambos. La luz de la luna bañando nuestras cabezas al tiempo que el fuego de una vela iluminaba nuestros rostros. Muy propicio para una bruja y un cura, pensé. Los dos siempre maquinando en la oscuridad de la noche. Quizá fue eso lo que me dio valor para alzar la barbilla ante el cura; sentirme su igual.
—Imagino que poco puedo decir yo para convenceros, Padre, de que no me castigueis.
—No seais arrogante. —De no ser porque su rostro ya estaba teñido de rojo, diría que se había sonrojado de rabia—. Emitiremos un juicio contra vos, como dicta la ley. Si sois inocente, como bien Dios dictaminará, os acogerá en sus brazos en el cielo. Mas si sois bruja, ardereis en el infierno.
—Creía que las brujas podían escapar de los castigos de Dios volando. —Debía admitir que me había crecido un poco más de lo que habría deseado.
—¡Blasfema! —gritó, alzando el candil, pero yo no me moví del quicio de la puerta.
Aquel hombre era como muchos otros. Hosco, antipático y con una sesera tremendamente dura. Y lo peor era que, como no podía someter a una mujer a sus caprichos y sus dictámenes, lo hacía con todas. Salvo conmigo, que no me iba a dejar.
—Como he dicho, Padre, me parece una hora desacertada para que un cura y su pupilo se presenten en ningún lugar que no sea en su cama con el abrazo de los angelitos.
Y dicha aquella ocurrente e irreverente acusación, agarré la puerta para cerrarla frente a su cara. Pero él no estaba dispuesto a rendirse, así que la sostuvo con su mano. Me habría gustado decir que pude cerrarle en las narices, pero habría sido mentira. El clérigo tiró violentamente, haciéndome retroceder. Mi soberbia empezaba a esfumarse.
—Salid aquí, impía.
—¿Vais a obligarme?
Y esa fue la última chispa de altanería que me quedó en el cuerpo, porque acto seguido oí los pasos y vi las luces.
—¡Hijos míos! —gritó el cura, dirigiéndose a los aldeanos que empezaban a surgir en el Encinar—. ¡La bruja será juzgada esta noche!
Tres, cuatro, cinco antorchas encendidas. Podía recitar sus nombres y señalar sus maldades para amedrentarlos, pero tampoco era tan estúpida como para no saber que en esa situación era una malísima idea.
El Padre Julián volvió a mirarme, y esta vez alzó su brazo en mi dirección, señalando acusadoramente.
—Prendedla.
Cándida del Encinar no estaba dispuesta a que los hombres decidieran su destino. Así que eché a correr.Entre jadeos podía oír sus gritos. Ellos tenían fuego, pero yo conocía el bosque y la luna llena me acompañaba. De saber que tenía que emprender una persecución esa noche habría elegido calzarme, ahora las ramas y raíces se clavaban en las plantas de mis pies mientras las voces me perseguían. Era rápida y ellos iban armados, algo que me hizo ganar ventaja.
Dejé la cuesta entre los dos robles muertos, corriendo camino abajo para colarme entre los arbustos. Allí decidí agacharme, al otro lado, luchando por recuperar el aliento. Los oí pasar de largo, conté hasta tres. Pero se habían dividido, lo sabía. Cerré los ojos y me forcé a acompasar mi respiración con el movimiento de mis manos. Debía concentrarme.
Podía sentir que el peligro me envolvía como zarcillos de oscuridad. No estaba a salvo allí, de modo que emprendí de nuevo la carrera. Mi instinto, una vez más, me salvó, pues oí unas botas siguiendo mi rastro.
Mechones de largo cabello se pegaron en mis sientes en la carrera, sin saber cuánto tiempo llevaba huyendo de la muerte. Aún tenía esperanzas de sobrevivir, pero esa noche no podría volver a la cabaña. O quizá ninguna, porque el olor del humo llegaría momentos después a mis pulmones.
Paré.
Jadeando por la carrera concentré mis sentidos en el olor, pues ya no oía pasos siguiéndome. Estaba segura de que venía de mi cabaña. Mi pobre casa. El lugar donde mis padres me habían criado con tanto amor, donde había hecho toda mi vida. Mi historia estaba allí escrita y ahora el fuego se la estaba comiendo.
Ahogué un grito, sujetándome el pecho con dolor. Malditos los hombres y malditos sus temores. Si volvía allí ahora, de seguro estaría alguno esperándome, y entonces no sería solo mi casa la que ardería.
Arrastré mis pies por la hierba fría, sin saber qué hacer o cómo sentirme. Notaba agua cerca, una gota cayendo a una balsa en quietud, las ondas que se creaban. Un pozo.
Lo vi después bajo la luna de plata, solitario como lo había estado yo en mi cabaña. Ahora lo estaría más, pues ni siquiera podía contar con ella, el trino de las aves en la mañana, el ulular de un búho por la noche, el susurro del viento en la ventana. Todo aquello se volvía banal cuando no podía hacerlo junto a mi chimenea haciendo crujir la madera.
Debía pensar a dónde ir, cuáles serían mis siguientes pasos. Me sentía hipnotizada por el pozo, como si este me estuviera hablando. Quizá estaba perdiendo la cordura por un instante, abrumada por el dolor de perder lo único que me pertenecía. Y en esa hipnosis fue cuando no pude oír a tiempo el chirrido metálico de un candil. Fue tarde cuando alcé la cabeza y vi al mal mismo abalanzarse sobre mí como una sombra lóbrega cayendo con la noche. Sentí el impacto, un choque de nuestros cuerpos. Al arrojar la luz sobre mí vi que no era una sombra, era un hombre vestido de negro con un pañuelo blanco al cuello.Mi espalda impactó en un chillido de mis costillas contra la piedra del pozo. Mi cuerpo se inclinó hacia atrás y noté cómo las asas de la tapa se clavaban junto a mi columna. Grité. Después mi cabeza impactó en la madera, haciéndome jadear. Había tenido suerte de que la tapa estuviese echada, pero no de que el Padre Julián sostuviese mi cuello con tanta fuerza.
Sus ojos azules parecían tener luz propia bajo la plata, henchidos de una ira concedida por Dios a la que no sabía si podía enfrentarme.
—Bruja —maldijo, mostrando los dientes como un animal.
Podía sentir su odio saliendo de sus manos, de su aliento. ¿Cómo podía Dios dar esa carga a un hombre, ese odio tan grande por un semejante? Nunca llegué a entenderlo.
—Arderéis en el caldero de Satán —recitó—. Bailasteis con vuestras hermanas y ahora bailaréis en el infierno por la eternidad.
Lo pateé. Conseguí dar en el lugar adecuado, porque el cura se retorció con un quejido que le salió del pecho. Logré quitármelo de encima lo suficiente como para apartarme de su trayectoria cuando golpeó la tapa del pozo con sus antebrazos. Sin embargo, tropecé, de tal manera que al caer en la hierba sentí el crujido de mi tobillo.
Un gemido de dolor abandonó mis pulmones. No era la primera vez que sentía ese mal, pues siempre había sido de tobillos delicados, pero esa fue, definitivamente, la peor situación en la que me había ocurrido.
Gruñí con mis instintos gritándome que corriera pese al dolor. Los obedecí. Me dispuse a levantarme, apoyando el otro pie, cuando una fuerza me alzó del suelo. Pateé en el aire. Las mano del cura eran más fuertes de lo que llegué a imaginar. Si no hubiera sido por la situación extrema, habría incluso deducido que no era solo su fuerza la que me lanzó por los aires de vuelta al pozo.
Esta vez choqué de frente contra la piedra, recibiendo el impacto en mi vientre. No noté la bilis salir a mi garganta porque saboreé la sangre que se desprendió de mi boca al chocar contra el borde contrario. Grité, pero no fue de dolor. Fue la furia que se abría paso desde mi interior la que me controlaba. Me giré a tiempo de evitar la mano pétrea del clérigo directa a mi cuello como una lanza. Con un grito agudo, arañé su cara con una fuerza que tampoco consideraba mía.
Él gritó también, pero no se detuvo. Sujetó mis brazos y sentí que nunca podría soltarme. Me empujó hacia atrás y esta vez sentí el abismo. La tapa estaba abierta a los lados. Jadeé, mirando cómo la luna arrojaba su brillo fantasmal sobre la figura del Padre Julián, que quería matarme.
—Yo os condeno, impía bruj—.
No terminó de maldecirme y no pude ver su cara de horror, porque con los ojos cerrados y murmurando, concentrada en el maleficio que le estaba regalando, una no podía deleitarse con el temor de un hombre.
Fue entonces cuando se volvieron las tornas y fue su cuerpo el que estuvo debajo del mío en la boca del pozo. Por desgracia para él, pesaba bastante más que yo, demasiado para sujetarse con mis brazos.
—Bruja.
Maldijo una última vez.
—Y de las mejores.
Lo solté.
Su cuerpo no cayó despacio hasta chocar con el fondo, sino que lo oí golpear varias veces. Pum, pum, pum, hasta la grave y sorda confirmación de que había llegado al agua. El pozo me devolvió un grito que arrasó con la noche, pero yo sabía que había ganado esa vez.Jadeante, me separé con brazos temblorosos, dispuesta a cerrar ese pozo para siempre con el cura maldito muerto en su interior.
Agarré un asa con el calor de la sangre resbalando por mi barbilla. Al sostenerla, pude notarlo. Esa fuerza que no había sido la de un hombre, una magia oculta. Al mirar a la tapa, pude ver los hilos de oscuridad infernal colándose dentro de mi piel, internándose en mi cuerpo. El otro brazo sufría el mismo destino. Ni siquiera recordaba haber cogido el otro asa, pero la oscuridad se metió dentro de mí tan fácil como lo hacía el aire.
—No.
La maldición se extendió hasta mi pecho, llegó a mi corazón.
Y grité, uniéndome a la desesperación de la luna, que sería testigo de la maldición que nos ataría a ambos, cura y bruja, a ese pozo, que vería por los siglos el alma de los dos corromper al bosque, odiándonos por la eternidad.
Magnum Delta
Magnum Delta es la primera novela que escribimos a cuatro manos, nacida de una campaña de rol de misterio ambientada en una universidad.La idea nació en 2020, tras el confinamiento. Para nosotras fue tan especial que decidimos hacer más proyectos al respecto. Sin embargo, no fue hasta 2022 que empezamos a novelizarla y fue en 2025 cuando acabamos de escribir.


«Algunos eligen su universidad por el programa, las becas o el prestigio. Elio eligió la suya para encontrar a su mejor amiga desaparecida»
Sinopsis
Elio Koza llega a la Universidad Bosque Negro de Asturias y conoce a Izan Tejada, con quien empezará una campaña de investigación para encontrar a su amiga en común, Sally Pereda, desaparecida el año pasado. Las sospechas apuntan a la fraternidad de los Magnum Delta.Género: Misterio juvenil
Temas: Universidad, found family, LGTBIQ+, desaparición, depresión, suicidio, ansiedad¿A qué te puede recordar Magnum Delta?:
· Si te gustaron historias de misterio juvenil como Asesinato para principiantes o Por 13 razones, Magnum Delta es para ti.
· Si te gustaron historias donde las relaciones son sanas y reales como en Heartstopper, Magnum Delta es para ti.
· Si te gustan las historias de terror donde gente misteriosa lleva máscaras de animales como Cementerio de animales, Magnum Delta es para ti.

Proyecto Verano
A lo que hoy llamamos Proyecto Verano es nuestra próxima novela.
Como si pudiésemos hablar del subgénero "Terror de campamento", esta es la historia de la noche más horrible en la vida de los monitores en un campamento de verano. Terror, romance, mitología ibérica y nuestro toque humorístico, que nunca puede faltar.
¿Fan de Supermassive Games? Será tu historia.
